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Discurso do Senador Requião no Parlamento Sueco

DISCURSO EM ESPANHOL La embajadora Leda Camargo sugiere que hable sobre mi experiencia como presidente de la Representación Brasileña en el Parlamento del MERCOSUR, Parlasur. Es mí segundo mandato como senador de la República Federativa de Brasil y también por la segunda vez, presido la representación brasileña en el bloque sudamericano.

En esos dos años presidiendo la Representación Brasileña, después de inúmeras reuniones con participantes de países miembros o asociados, inclusive aquí en Europa, en el ámbito de la EUROLAT, la Asamblea Parlamentaria Europa-América Latina, me consolidó una convicción: fuera de la unidad – y de la simbiosis – latinoamericana no hay salvación. No hay salvación para Brasil, no hay salvación para la Argentina, Uruguay, Paraguay o para Venezuela. No hay salvación para nuestro continente.

No sé si para Suecia, integrar la Unión Europea sea tan vital así. Para Brasil, la unidad sudamericana es una cuestión de vida o muerte.

Paulo, el apóstol, a quién tal vez se deba la invención del cristianismo, decía que fuera de la Iglesia no hay salvación, demarcando así los límites para la buena o mala venturanza. Nuestro destino – el paraíso o la condenación eterna – depende del mismo axioma.

Para nosotros brasileños, para los países y para el pueblo latinoamericano, fuera de la unidad continental no hay salida. No habrá remisión de ese atraso, tan antiguo, de esa desigualdad tan secular, de la oscuridad de la miseria, del analfabetismo, de la dependencia, de la sumisión cultural. Fuera de la unidad latinoamericana no nos liberaremos de nuestras élites, una élite aferrada a sentimientos esclavistas, encastillada en privilegios y sumisa, servil a los intereses imperiales.

De cualquier forma, si no con la velocidad y la preeminencia deseadas, tenemos avanzado en ese sentido. La entrada de Venezuela en el bloque, por ejemplo, nos dio un fuerte respiro. Con su PBI de 300 mil millones de dólares y carente de toda suerte de productos, ya que la vieja oligarquía que gobernó el país hasta diez años atrás vivía de exportar petróleo y no plantaba un pie de lechuga siquiera, Venezuela se volvió uno de los pilares del MERCOSUR.

Con la adhesión de Venezuela, el MERCOSUR pasa a contar con una población de 270 millones de personas, correspondientes a 70% de la población de América del Sur, y engloba 72% del área del continente. El PBI del bloque se eleva a 3 billones y 300 mil millones de dólares, el equivalente a 83% del PBI sudamericano.

O sea, tenemos una magnifica base de lanzamiento, un excelente punto de partida, y esperamos aún la adhesión de otros países, como Bolivia y Ecuador.

Llamo la atención de las señoras y los señores para los datos que siguen, donde queda demostrado el peso del MERCOSUR para la economía brasileña.

El año pasado, entre enero y noviembre, las exportaciones brasileñas para América Latina y el Caribe sumaron 46.400 millones de dólares. Para Estados Unidos, nuestras exportaciones sumaron 45.800 millones de dólares. Para la Unión Europea, 45.260 millones de dólares. Para China, 40.250 millones de dólares.

O sea, los valores de las exportaciones brasileñas para América Latina y el Caribe ya superan, comparativamente, los valores de las exportaciones para América del Norte, Europa y China.

Es más, mientras el valor de la tonelada de los productos exportados para los países de nuestro continente alcanza entre 1.400 y 1.700 dólares, el valor de la tonelada exportada para la Unión Europea cayó para 500 dólares y, para la China alcanza a penas 200 dólares. En ese caso, son las commodities, básicamente minero de hierro y soya, productos simbólicos de nuestra dependencia.

En que se deprende que las exportaciones brasileñas para América Latina y el Caribe son constituidas de productos industrializados.

Ya a respecto de nuestras relaciones comerciales con Suecia, se registra que en los últimos 20 años tenemos un fuerte acumulado déficit. Y anoten esa información simbólica, emblemática: en los últimos años ha disminuido de forma sistemática nuestras exportaciones de productos industrializados para el país de las señoras y señores, mientras aumentan fuertemente nuestras exportaciones de commodities. Pronto, un déficit incorregible.

Para nosotros, latinoamericanos no hay duda de cuáles sean nuestros socios ideales. Sin embargo, se vamos ancorar nuestros destinos en América Latina, eso no significa que sea una opción aislacionista. Se fueron los días de los falansterios, de las islas utópicas, de los muros y de las cortinas.

Somos parte del planeta Terra y es él que vivimos.

Sin embargo, queremos relacionarnos con el mundo, especialmente con los países industrializados, de forma altiva y soberana. Queremos conversar y negociar como países independientes y no factorías para el desfrute imperial; no somos meros mercados – proveedores o consumidores – para el beneficio de los demás. Aunque así deseen que seamos; y así somos vistos; y, muchas veces, así somos.

Ahora mismo, cuando la crisis financiera mundial aprieta los calos de los países del Norte, como los señores nos miran, que mirada dirigen hacia el Sur?

En los variados encuentros que tuve en esos dos últimos años, aquí en Europa y en América Latina, pude ver de parte de los países industrializados dos ardientes deseos; exportar el desempleo y hacer buenos negocios, casi nunca nada buenos para nosotros, es obvio.

Es con tristeza y, as veces, con desaliento, que veo aún viva la vieja idea de que el mundo es de los más fuertes. Y de los más vivos. Una vieja idea que el neoliberalismo, que el Consenso de Washington, que las idiotices del “fin de la historia” y de la muerte de las ideologías volvió la bandera en esas últimas tristes décadas.

Un MERCOSUR fuerte, cohesivo, solidario, es la nuestra defensa contra las tentaciones coloniales del Norte, vez o otra revivida, especialmente en situaciones de crisis. Un MERCOSUR fuerte, desarrollado y justo es una contribución esencial, vital para un mundo menos desigual, menos cruel, más humano y pacífico.

No se trata de una predicación moral. Lejos yo de cualquier pretensión de “civilizar”, de dar lecciones de ética o de cortesía al capitalismo financiero global, al imperialismo económico, a los especuladores y a los jugadores de las bolsas de valores. Pero, un planeta desequilibrado, con esa abisal, monstruosa distancia entre el Norte y el Sur es un planeta sin futuro.

Voy a proporcionar más algunos números para reforzar mi argumentación sobre las tentaciones de la dominación nunca frenadas ni moderadas por los países industrializados. Son datos sobre la desnacionalización de la economía brasileña.

Según la conocida consultoría KPMG, de 2004 a 2012, alrededor de 1.300 empresas brasileñas pasaron al control de empresas extranjeras, seguramente algunas suecas. El proceso de desnacionalización de la economía brasileña se acelera a cada año.

Y ahora, el ataque no viene a penas del Norte. Es que China surge en el tablado. Según un informe del banco Credit Suisse, difundido en este primero día de marzo, China fue el país que más invirtió en fusiones y adquisiciones en Brasil, en los últimos años, adelante mismo de un tradicional comprador de empresas brasileñas, los Estados Unidos. Por el momento, el interés chino se concentra en las commodities, petróleo, gas natural, minero de hierro.

Cuanto más la economía brasileña se desnacionaliza, con adquisiciones y fusiones, más crece nuestra sangría financiera, con el aumento de la remesa de los lucros para el exterior, para las matrices. Prácticamente Brasil no opone restricciones a que se remetan los lucros. Por el contrario, a pretexto de atraer inversiones, se crean facilidades para el flujo.

En los últimos ocho años, las remesas de lucro hechas por las multinacionales en operación en Brasil sumaron la apreciable cuantía de 404 mil millones de dólares. Entre 2004 y 2011, las remesas fueron 152% superiores al saldo comercial que Brasil obtuvo en el mismo período.

En el inicio de este año de 2013, pudimos ver Telefónica Brasil realizar una remesa de centenas de millones de euros para la sede en España, a fin de socorrer a la debilitada matriz, mientras nosotros los brasileños continuamos a amargar seguramente el peor y más caro servicio de telefonía del mundo.

Que quede claro. No estoy aquí satanizando, estigmatizando, maldiciendo las inversiones extranjeras. Lejos de yo, la xenofobia, el aislacionismo. Sin embargo, esos sentimientos son perniciosos cuando el saqueó sin límites de los recursos, la sangría desenfrenada de las finanzas de los países periféricos.

La formación de un bloque sudamericano fuerte e unido ciertamente ha de dar a nuestros países condiciones de negociar esas inversiones en términos que favorezcan nuestros desarrollo y el bien estar de nuestros pueblos.

O sea, a penas la unidad latinoamericana ha de darnos fuerzas para negociar altaneramente, con soberanía con los países industrializados. Acuerdos multilaterales que sean satisfactorios para ambas las partes.

¿Cuál es el opuesto de la integración continental, de la unidad latinoamericana?

Lo contrario son acuerdos bilaterales, el pacto entre el cordero y el lobo, celebrados según el punto de vista del lobo.

Para nosotros brasileños, y también para nuestra antigua metropole, Portugal, el abuelo de todos los acuerdos bilaterales, el punto de partida para nuestras desaventuras, de un lado y de otro del Atlántico, es el Tratado de Methuen, celebrado entre Lisboa y Londres, en los primeros años del siglo 18. Fue allá que ancoramos el buque del atraso y perdimos el paso de nuestra historia.

El Tratado de Methuen también conocido como el Tratado de los Panes y Vinos no es muy diverso en relación a lo que los países industrializados (y ahora también los chinos) han propuesto con frecuencia. Por el acuerdo, Portugal se obligaba, por todo siempre, a proveer vino a Inglaterra, y esta, también por todo siempre, a exportar tejidos y productos industrializados para Portugal.

Como se esperaraba, en la brevedad, la diferencia de precios entre los productos industrializados y los vinos provocó un fuerte déficit a la balanza portuguesa. Peor todavía: la incipiente, modesta industria portuguesa se hundió con la importación del producto terminado de Inglaterra.

Es en este momento que entra en escena el oro brasileño. El desequilibro en la balanza es cubierto por el metal extraído en la colonia que va, sin escalas, irrigar el tesoro inglés y proveer de recursos el desarrollo británico, y la consiguiente revolución industrial.

El siglo inaugurado por el Tratado de Methuen se termina con el agotamiento de las minas brasileñas. Por casi cien años, nuestro oro cubrió la brecha entre producir y exportar vinos e importar máquinas y productos terminados. Casi un siglo después del tratado tenemos, entonces, de un lado Portugal a la quiebra, industrialmente poco desarrollado y con una producción agrícola limitada.

Por otro lado, se revela un Brasil empobrecido, desplumado de sus riquezas, con las actividades industriales prohibidas, a fin de se proteger del producto inglés.

En contraposición, cuando Inglaterra intentar imponer a los Estados Unidos esa misma relación de subordinación, la reacción norteamericana resulta en la independencia del país. Y, libre del tacón colonial, los Estados Unidos abren su proprio camino para se desarrollar.

Vemos, entonces, el primero secretario del Tesoro norteamericano, el guerrillero y general de las batallas de la Independencia, Alexander Hamilton, elaborar, proponer y hacer aprobar en el Congreso el “Tratado de las Manufacturas”, la piedra angular, la piedra fundamental del desenvolvimiento de los Estados Unidos.

La Compañía de las Indias, la poderosa transnacional colonial de la época, que tenía entre sus funcionarios a Adam Smith, seguramente el más importante teórico del liberalismo económico, también quería transformar los Estados Unidos en simples productor de materias primas y consumidor de productos industrializados ingleses.

Los norteamericanos reaccionaron con el “Tratados de las Manufacturas”, creando un banco nacional, estatizando el crédito y direccionándolo a la producción, fijando aranceles proteccionistas para sus productos, estableciendo subsidios a la agricultura, creando desde el principio un programa de desenvolvimiento tecnológico.

El resultado de todo esos está a la vista de quién quiera ver. Y aún tenemos que soportar las más idiotas, alienadas y hasta mismo racistas teorías cuando se compara el desenvolvimiento brasileño con el desenvolvimiento norteamericano.

Marx e Engels, recientemente resucitados, después de más una crisis financiera global, también examinan la opción norteamericana para el desenvolvimiento económico. En la primera mitad del siglo 19, decía Engels: “Los norteamericanos preferían viajar con boletos expresos para llegar antes a su destino”.

¿Y cuál es ese “boleto expreso” que de hecho llevó a los Estados Unidos a su destino?

El “Tratado de las Manufacturas”, de Alexander Hamilton.

Ya Marx, en una pasaje de “El Capital”, afirmaba: “El sistema proteccionista es solamente un medio para crear en un país la grande industria. Por esos, vemos que en aquellos países en que la burguesía empieza a imponerse como clase (…) grandes esfuerzos para implementar aranceles proteccionistas”.

Y termina: “El sistema proteccionista fue un medio artificial de fabricar fabricantes (…) capitalizar los medios de producción (…) y abreviar el transito del antiguo al moderno régimen de producción”.

“Tratado de las Manufacturas” y el “Tratado de Methuen”, esa es la distancia entre el desenvolvimiento norteamericano y el desenvolvimiento brasileño.

Ah, claro! Para arrematar ese siglo perdido, el siglo 18, Brasil inauguró en el siglo 19, proclamando con la “apertura de los puertos” para los productos industrializados ingleses, es claro.

Como afirmé hace poco, el Tratado de Methuen por sus implicaciones perniciosas, es el abuelo de todos los tratados bilaterales que atan, traban y prohíben el desarrollo de países no industrializados o poco industrializados.

A final, quién gana con un tratado que oponen países productores de materias primas, de commodities, y las avanzadas economías industriales y sus ávidos, nunca saciados conglomerados financieros?

Con la crisis económica global, es inevitable que los países centrales busquen exportar parte del problema en que se encuentran para la periferia del mundo, para el sur del planeta.

¿Qué pretenden el Norte?

En mis andanzas por el mundo, en esos últimos dos años, entiendo que básicamente interesa al Norte tres cosas: que abramos totalmente nuestras puertas a sus productos industrializados y que le proveemos productos primarios, commodities, a precios módicos; que importemos su mano de obra desempleada; y que acojamos con toda la generosidad sus inversiones, sin restricciones a las remesas de lucros, a la importación de partes, a la maquillaje tecnológica.

¿No sería eso una variación del Tratado de Methuen?

Y así siendo, no nos sirve. No nos servió en el pasado, no sirve en el presente y compromete aún más nuestro futuro.

Lo que nos sirve es, primeramente, la integración sudamericana, y así fortalecidos, establecer con los países industrializados relaciones fraternas, negocios transparentes, basadas en la reciprocidad y en el respeto. Sin ingenios, sin la visión del lobo, sin las razones del lobo.

Por fin, no un queja, pero una constatación. Por lo que tengo leído en los periódicos e escuchado en las charlas de bastidores, me suena que no están muy populares los líderes latinoamericanos, aquí por Europa.

Dejando de lado lo vergonzoso que es el practicado por “El País”, veo un alto grado de incomprensión por lo que ocurre en nuestro continente.

La ascensión del comando de nuestros países de un operario metalúrgico, de un obispo adepto de la Teología de la Liberación, de un indígena, de una ex guerrillera, de un ex guerrillero, de un economista que no se viste como economista y ni piensa como los “Chicago boys”, de un militar atípico en esta América Latina acostumbrada a la alianza entre la oligarquía y los cuarteles, quizás esa nueva América Latina no agrade a los paladares más sensibles.

Quizás, Europa prefiriera los sociólogos, los economistas doctorados en Harvard, los brotes de la genealogía que se remonta a la época colonial. Finalmente, gente de fino tracto, nuestra versión latinoamericana para “blanco, anglosajón, y protestaste”.

Si los dioses fueren compasivos con nuestros pueblos, eso ha de no ocurrir. Los indígenas, los mulatos, los padres que no perdieron el contacto con su pueblo, las mujeres que desafiaron las dictaduras y los prejuicios, los operarios que comprobaron la corrección del axioma de Gramsci continuarán a imponerse en la escena latinoamericana.

Para burlarse, desacreditarlos, luchar contra ellos, los clasifican de “populistas”, “nacional-populistas”, “demagogos”. Nos dicen ignorantes de la economía, transgresores de normas inmutables de la macroeconomía.

Bendecido sean todos ellos, que es santa la ignorancia de ellos. Bendecidos sean los Chavez, los Rafael Correa, los Evo Morales, los Lula, las Dilma, los Kirchners, los Mujica. Bendencido sean aquellos que franquearon a nuestros pueblos, después de cuatros siglos de hambre, miseria, y desnutrición, el increíble privilegio de hacer tres comidas por día.

Tres comidas por día! Que fantástica conquista!

Con mucha frecuencia, diverjo de ellos, los critico. Pero eso es un asunto interno, para debatir entre nosotros latinoamericanos.

Aquí hoy, quiero alábalos, exaltar a ellos por hacer posible el acceso de decenas de millones de mujeres, hombres, ancianos y niños al maravilloso mundo de las tres comidas por día.

DISCURSO EM PORTUGUÊS

A embaixadora Leda Camargo sugere que fale sobre minha experiência como presidente da Representação Brasileira no Parlamento do Mercosul, o Parlasul. É meu segundo mandato como senador da República do Brasil, e também pela segunda vez presido a representação brasileira no bloco sul-americano.

Nesses dois anos presidindo a Representação Brasileira, depois de inúmeras reuniões com participantes de países membros ou associados, inclusive aqui na Europa, no âmbito da Eurolat, a Assembléia Parlamentar Europa América Latina, consolidou-me uma convicção: fora da unidade –e da simbiose—latino-americana não há salvação. Não há salvação para o Brasil, não há salvação para a Argentina, o Uruguai, o Paraguai ou para a Venezuela. Não há salvação para o nosso continente.

Não sei se para a Suécia integrar a União Européia seja tão vital assim. Para o Brasil, a unidade sul-americana é uma questão de vida ou morte.

Paulo, o apóstolo, a quem talvez se deva a invenção do cristianismo, dizia que fora da Igreja não havia salvação, demarcando assim os limites para a boa ou a má aventurança. O nosso destino –o paraíso ou a danação eterna—depende do mesmo axioma.

Para nós brasileiros, para os países e para o povo latino-americanos, fora da unidade continental não há saída. Não haverá remissão desse atraso tão antigo, dessa desigualdade tão secular, da escuridão da miséria, da analfabetismo, da dependência, da submissão cultural. Fora da unidade latino-americana não nos libertaremos de nossas elites, uma elite aferrada a sentimentos escravocratas, encastelada em privilégios e submissa, servil aos interesses imperiais.

De qualquer forma, se não com a velocidade e a premência desejadas, temos avançado, nesse sentido. A entrada da Venezuela no bloco, por exemplo, deu-nos um forte alento. Com o seu PIB de 300 bilhões de dólares e carente de toda sorte de produtos, já que a velha oligarquia que governou o país até dez anos atrás vivia de exportar petróleo e não plantava um pé de alface sequer, a Venezuela torna-se um dos esteios do Mercosul.

Com a adesão da Venezuela, o Mercosul passa a contar com uma população de 270 milhões de pessoas, correspondente a 70 por cento da população da América do Sul, e abrange 72 por cento da área do continente. O PIB do bloco eleva-se a três trilhões e 300 bilhões de dólares, o equivalente a 83 por cento do PIB sul-americano.

Quer dizer, temos uma magnífica base de lançamento, um excelente ponto de partida, e esperamos ainda a adesão de outros países, como a Bolívia e o Equador.

Chamo a atenção das senhoras e dos senhores para os dados que seguem, onde fica demonstrado o peso do Mercosul para a economia brasileira.

No ano passado, entre janeiro e novembro, as exportações brasileiras para a América Latina e o Caribe somaram 46 bilhões e 400 milhões de dólares. Para os Estados Unidos, nossas exportações somaram 45 bilhões e 800 milhões de dólares. Para a União Européia, 45 bilhões e 260 milhões de dólares. Para a China, 40 bilhões e 250 milhões de dólares.

Quer dizer, os valores das exportações brasileiras para a América Latina e o Caribe já superam, comparativamente, os valores das exportações para a América do Norte, Europa e China.

Mais ainda: enquanto o valor da tonelada dos produtos exportados para os países de nosso continente alcança entre mil e quatrocentos e mil e setecentos dólares, o valor da tonelada exportada para a União Européia cai para 500 dólares e, para a China, alcança apenas 200 dólares. Nesse caso, são as commodities, basicamente minério de ferro e soja, produtos simbólicos de nossa dependência.

Donde se depreende que as exportações brasileiras para a América Latina e Caribe são constituídas de produtos industrializados.

Já quanto às nossas relações comerciais com a Suécia, registre-se que nos últimos 20 anos temos acumulado um forte déficit. E anotem essa informação simbólica, emblemática: nos últimos anos tem diminuído de forma sistemática as nossas exportações de produtos industrializados para o país das senhoras e dos senhores, enquanto aumentam fortemente as nossas exportações de commodities. Logo, um déficit incorrigível.

Para nós latino-americanos não há dúvida de quais sejam os nossos parceiros ideais. No entanto, se vamos ancorar o nosso destino na América Latina, isso não quer dizer a opção por uma política isolacionista. Foram-se os dias dos falanstérios, das ilhas utópicas, dos muros e das cortinas.

Somos parte do planeta Terra é nele que vivemos.

No entanto, queremos nos relacionar com o mundo, especialmente com os países industrializados, de forma altiva, soberana. Queremos conversar e negociar como países independentes e não feitorias para o desfrute imperial; não somos meros mercados —fornecedores ou consumidores— para o proveito dos outros. Embora assim desejem que sejamos; e assim somos encarados: e, mais das vezes, assim somos.

Agora mesmo, quando a crise financeira mundial aperta os calos dos países do Norte, como os senhores nos olham, que olhar dirigem ao Sul?

Nos vários encontros que tive nesses dois últimos anos, aqui na Europa e na América Latina, vi da parte dos países industrializados dois ardentes desejos: exportar o desemprego e fazer bons negócios, quase nunca nada bons para nós, é claro.

É com tristeza e, às vezes, com desalento, que vejo ainda viva a velha idéia de que o mundo é dos mais fortes. E dos mais espertos. Uma velha idéia que o neoliberalismo, que o Consenso de Washington, que as idiotices do “fim da história” e da morte das ideologias tornou bandeira nessas últimas tristes décadas.

Um Mercosul forte, coeso, solidário é a nossa defesa contra as tentações coloniais do Norte, volta e meia revivida, especialmente em situações de crise. Um Mercosul forte, desenvolvido e justo é uma contribuição essencial, vital para um mundo menos desigual, menos cruel, mais humano e pacífico.

Não se trata de uma pregação moral. Longe de mim qualquer pretensão de “civilizar”, de dar lições de ética ou de boas maneiras ao capitalismo financeiro global, ao imperialismo econômico, aos especuladores e aos jogadores das bolsas. Mas, um planeta desequilibrado, com essa abissal, monstruosa distância entre o Norte e o Sul é um planeta sem futuro.

Vou fornecer mais alguns números para fortificar minha argumentação sobre as tentações de dominação nunca contidas, jamais refreadas dos países industrializados. São dados sobre a desnacionalização da economia brasileira.

Segundo a tão conhecida consultoria KPMG, de 2004 a 2012, cerca de 1.300 empresas brasileiras passaram ao controle de empresas estrangeiras, certamente algumas suecas. O processo de desnacionalização da economia brasileira acelera-se a cada ano.

E, agora, o ataque não vem apenas do Norte. Eis que a China surge no palco. Segundo um estudo do banco Credit Suisse, divulgado neste dia primeiro de março, a China foi o país que mais investiu em fusões e aquisições no Brasil, nos últimos anos, à frente mesmo de um tradicionalíssimo comprador de empresa brasileiras, os

Estados Unidos. Por enquanto, o interesse chinês concentra-se nas commodities, petróleo, gás natural, minério de ferro.

Quanto mais a economia brasileira desnacionaliza-se, com as aquisições e as fusões, mais cresce a nossa sangria financeira, com o aumento da remessa dos lucros para o exterior, para as matrizes. Praticamente o Brasil não opõe restrições a que se remetam os lucros. Pelo contrário, a pretexto de atrair investimentos, criam-se facilidades para o fluxo.

Nos últimos oito anos, as remessas de lucro feitas pelas multinacionais em operação no Brasil somaram a apreciável quantia de 404 bilhões de dólares. Entre 2004 e 2011, as remessas foram 152 por cento superiores ao saldo comercial que o Brasil obteve no mês mo período!

No início deste 2013, vimos a Telefônica Brasil fazer uma remessa de centenas de milhões de euros para a sede na Espanha, para socorrer a combalida matriz, enquanto nós os brasileiros continuamos a amargar seguramente o pior e o mais caro serviço de telefonia sob a face da terra.

Que fique claro. Não estou aqui satanizando, estigmatizando, amaldiçoando os investimentos estrangeiros. Longe de mim a xenofobia, o isolacionismo. Contudo, esses sentimentos são perniciosos quanto o saque sem limites dos recursos, a sangria desatada das finanças dos países periféricos.

A formação de um bloco sul-americano forte e unido certamente dará aos nossos países condições de negociar esses investimentos em termos que favoreçam o nosso desenvolvimento e o bem-estar de nossos povos.

Quer dizer: apenas a unidade latino-americana nos dará forças para negociar altaneiramente, com soberania com os países industrializados. Acordos multilaterais que sejam satisfatórios para ambas as partes.

Qual é o oposto da integração continental, da unidade latino-americana?

O contrário são os acordos bilaterais, o pacto entre o cordeiro e o lobo, celebrados segundo o ponto de vista do lobo.

Para nós brasileiros, e também para a nossa antiga metrópole, Portugal, o avô de todos os acordos bilaterais, o ponto de partida para as nossas desventuras, de um lado e do outro do Atlântico, é o Tratado de Methuen, celebrado entre Lisboa e Londres, nos primeiros anos do século 18. Foi aí que ancoramos o navio do atraso e perdemos o passo na história.

O Tratado de Methuen, também conhecido o Tradado dos Panos e Vinhos, não é muito diverso do que os países industrializados (e agora também os chineses) nos propõem com frequência. Pelo acordo, Portugal se obrigava, por todo o sempre, a fornecer vinho à Inglaterra e esta, também por todo o sempre, a exportar tecidos e produtos industrializados para Portugal.

Como era de se esperar, em breve tempo, a diferença de preços entre os produtos industrializados e os vinhos acarretou um forte déficit à balança portuguesa. Pior ainda: a incipiente, modesta indústria portuguesa afundou-se com a importação do produto acabado da Inglaterra.

É aí que entra em cena o ouro brasileiro. O desequilíbrio na balança é coberto pelo metal extraído na colônia que vai, sem escalas, irrigar o tesouro inglês e prover de recursos o desenvolvimento britânico, e a consequente revolução industrial.

O século inaugurado pelo Tratado de Methuen encerra-se com o esgotamento das minas brasileiras. Por quase cem anos, o nosso ouro cobriu o hiato entre produzir e exportar vinhos e importar máquinas e produtos acabados. Quase um século depois do tratado temos, então, de um lado, Portugal quebrado, industrialmente pouco desenvolvido, produção agrícola limitada.

Doutra face, revela-se um Brasil empobrecido, depenado de suas riquezas, com as atividades industriais proibidas, a fim de se proteger o produto inglês.

Em contraposição, quando a Inglaterra tenta impor aos Estados Unidos essa mesma relação de subordinação, a reação norte-americana resulta na independência do país. E, livre do tacão colonial, os Estados Unidos abrem o seu próprio caminho para se desenvolver.

Vemos, então, o primeiro secretário do Tesouro norte-americano, o guerrilheiro e general das batalhas da Independência, Alexander Hamilton, elaborar, propor e fazer aprovar no Congresso o “Tratado das Manufaturas”, a pedra angular, a pedra fundamental do desenvolvimento dos Estados Unidos.

A Companhia das Índias, a poderosíssima transnacional colonial da época, que tinha entre seus funcionários Adam Smith, certamente o mais importante teórico do liberalismo econômico, também queria transformar os Estados Unidos em simples produtor de matérias-primas e consumidor de produtos industrializados ingleses.

Os norte-americanos reagiram com o “Tratado das Manufaturas”, criando um banco nacional, estatizando o crédito e direcionando-o à produção, fixando tarifas protecionistas para os seus produtos, estabelecendo subsídios à agricultura, criando desde já um programa de desenvolvimento tecnológico.

O resultado disso tudo está à vista de quem queira ver. E ainda temos que suportar as mais idiotas, mentecaptas e até mesmo racistas teorias quando se compara o desenvolvimento brasileiro com o desenvolvimento norte-americano.

Marx e Engels, recentemente ressuscitados, depois de mais uma crise financeira global, também examinam a opção norte-americana para desenvolvimento econômico. Na primeira metade do século 19, dizia Engels: “Os norte-americanos preferem viajar com bilhetes expressos para chegar antes ao seu destino”.

E qual é esse “bilhete expresso” que, de fato, levou os Estados Unidos ao seu destino?

O “Tratado das Manufaturas”, de Alexander Hamilton.

Já Marx, em uma passagem de “O Capital”, afirmava: “O sistema protecionista é somente um meio para criar em um país a grande indústria. Por isso, vemos que naqueles países em que a burguesia começa a se impor como classe (…) grandes esforços para implantar tarifas protetoras”.

E completa :“O sistema protecionista foi um meio artificial de fabricar fabricantes (….) capitalizar os meios de produção(…) e abreviar o trânsito do antigo ao moderno regime de produção”.

“Tratado das Manufaturas” e “Tratado de Methuen”, essa a distância entre o desenvolvimento norte-americano e o desenvolvimento brasileiro.

Ah, sim! Para arrematar esse século perdido, o século 18, o Brasil inaugurou o século 19 proclamando a com a “abertura dos portos”… para os produtos industrializados ingleses, é claro.

Como afirmei há pouco, o Tratado de Methuen, por suas implicações perniciosas deletérias, é o avô de todos os tratados bilaterais que amarram, travam e manietam o desenvolvimento de países não industrializados ou pouco industrializados.

Afinal, quem, ganha com um tratado que opõe países produtores de matérias-primas, de commodities, e as avançadíssimas economias industriais e seus ávidos, nunca saciados conglomerados financeiros?

Com a crise econômica global, é inevitável que os países centrais busquem exportar parte da encrenca em que se atolam para a periferia do mundo, para o sul do planeta.

O que pretende o Norte?

Em minhas andanças pelo mundo, nesses dois últimos anos, entendo que basicamente interessa ao Norte, basicamente, três coisas: que abramos às escâncaras nossas portas aos seus produtos industrializados e que lhe forneçamos produtos primários, commodities, a preços módicos; que importemos sua mão-de-obra desempregada; e que acolhamos com toda a generosidade os seus investimentos, sem restrições às remessas de lucros, à importação de componentes, à maquiagem tecnológica.

Não seria isso uma variação do Tratado de Methuen?

E, assim sendo, não nos serve. Não nos serviu no passado, não serve no presente e compromete ainda mais o nosso futuro.

O que nos serve é, primeiramente, a integração sul-americana e, assim fortalecidos, estabelecer com os países industrializados relações fraternas, negócios transparentes, baseados na reciprocidade e no respeito. Sem espertezas, sem a visão do lobo, sem as razões do lobo.

Por fim, não uma queixa, mas uma constatação. Pelo que tenho lido nos jornais e ouvido em conversas de bastidores, soa-me que não andam lá muito populares os governantes latino-americanos, aqui por essas bandas européias.

Deixando de lado a ignomínia praticada pelo “El País”, vejo um alto grau de incompreensão pelo o que acontece em nosso continente.

A ascensão ao comando dos nossos países de um operário metalúrgico, de um bispo adepto da Teologia da Libertação, de um índio, de uma ex-guerrilheira, de u m ex-guerrilheiro, de um economista que não se veste como economista e nem pensa como os “Chicago’boys” , de um militar atípico nessa Latino América acostumada a aliança férrea entre a oligarquia e os quartéis, talvez essa nova América Latina não agrade aos paladares mais sensíveis.

Talvez, a Europa preferisse os sociólogos, os economistas doutorados em Harvard, os rebentos das árvore genealógica que remontam aos tempos coloniais. Enfim, gente de fino trato, a nossa versão latino-americana para “branco, anglo-saxão e protestante”. 

Se os deuses forem compassivos como os nossos povos, isso não há de acontecer. Os índios, os mulatos, os padres que não perderam o contato com o seu povo, as mulheres que desafiaram as ditaduras e os preconceitos, os operários que comprovaram a correção do axioma de Gramsci continuarão a se impor na cena latino-americana.

Para escarnecê-los, desprestigiá-los, combatê-los, classificam-nos de “populistas”, “nacional-populistas”, “demagogos”. Dizem-nos ignorantes das ciências econômicas, transgressores das regras pétreas da macroeconomia.

Benditos sejam todos eles, que é santa a ignorância deles. Benditos sejam os Chaves, os Rafael Caldeira, os Evo Morales, os Lula, as Dilma, os Kirchners, os Mujica. Bendito sejam aqueles que franquearam aos nossos povos, depois de quatro séculos de fome, miséria e desnutrição, o incrível privilégio de fazer três refeições por dia.

Três refeições por dia! Que fantástica conquista!

Com muita frequência, divirjo deles, critico-os. Mas isso é assunto interno, para discutir entre nós latino-americanos.

Aqui, hoje, quero louvá-los, enaltecê-los por terem tornado possível o acesso de dezenas de milhões de mulheres, homens, idosos e crianças ao maravilhoso mundo das três refeições por dia.

DISCURSO EM INGLÊS

Ambassador Leda Camargo suggested that I spoke of my experience as the president of the Brazilian Representation in the Mercosur Parliament – Parlasul. I am currently serving a second term as a Brazilian Senator, and I am also chairing the Brazilian Representation for the second time.

During these two years heading the Brazilian Representation, and after numerous meetings with members and associate countries, and also meetings in Europe, under the Euro-Latin American Parliamentary Assembly (EUROLAT), I have consolidated a belief: if not through union and symbiosys, Latin America will not achieve salvation. There will not be a salvation for Brazil, Argentina, Uruguay, Paraguay ou Venezuela. There will be no salvation for our continent.

I can’t say whether joining the European Union is so vital for Sweden. But for Brasil, South American unity is a matter of life and death.

Paul, the apostle, to whom the invention of Christianity may be credited, used to say that there was no salvation if not through Church, therefore setting boundaries for good or bad fates. Our destination, heaven or eternal damnation, depends upon the same principle.

For us, Brazilians; for Latin Countries and Latin American people, there will be no escape if not through continental unity. There will be no remission of such ancient retrograde, the secular inequity, the darkness of poverty, illiteracy, dependency and cultural submission. Without the unit of Latin America, we will not be free from our elites, which are filled with enslavery desires, entrenched in privileges, submissive and subservient to imperial interests.

Still, even though not in the desired speed and urgency, we have advanced. Venezuela´s joining of the Block, for instance, gave us a strong encouragement. With their $300 billion GDP and a need for all sorts of products, since the old oligarchy which ruled the country until ten years ago lived from exporting oil and did not plant a single head of lettuce, Venezuela figures as a pillar for Mercosur.

Including Venezuela, Mercosur now has a population of 270 million people, representing 70% of the South American´s population. It covers 72% of continental area. The Block´s GDP amounts to three trillion and 300 billion dollar, which is equivalent to 83% of the full South American GDP.

That goes to say we have a magnificent launch base, an excellent starting point, and we still expect the joining of other countries, such as Bolivia and Ecuador.

If I may direct your attention to the data that follow, which shows the relevance of Mercosur for the Brazilian economy.

Last year, between January and November, Brazilian exportations to Latin America and the Caribbean amouted 46 billion and $400 million. At the same time, for the United States, our exportations amouted 45 billion and 800 million dollars. For the European Union, 45 billion and 260 million dolars. And for China, 40 billion and 250 million dollars.

That is to show that the values of Brazilian exports to Latin America and Caribbean have already surpassed, comparatively, the values of Brazilian exportation to North America, Europe and China.

Even more, while the products exported to our fellow continent countries achieves an amount between one thousand and four hundread dollar and one thousand and seven hundred dollars a ton, the value of products exported to European Union drops to five hundread dollars, and for China it reachs only 200 dollars. In this case, the commodities, basically iron and soy,which are symbols of our dependence.

It is fair to infer that Brazilian exports to Latin America and the Caribbean are mostly based on industrialized products.

As for our trade relations with Sweden, in the last 20 years we have accumulated a large deficit. Please notice that symbolic and emblematic information: our industrialized products exportation to yout country has consistently been dropping in the recent years. Our commodities exports, however, have risen greatly. Thus, an incorrigible deficit.

For us, Latin Americans, there is no doubt who our ideal partners are. Still, anchoring our destination in Latin America does not mean choosing an isolationist policy. The days of phalansteries, utopin islands, walls and curtains are gone.

We are part of Planet Earth; there is where we live.

we want to interact with the world, however, especially with the industrialized countries, actively and in a sovereign fashion. We want to speak and negociate as independent contries, not as trading posts to the imperial enjoyment. We are not merely a market – suppliers or costumers – for others to exploit, even though that is how we are often perceived, and even how we behave sometimes.

Righ in this moment, while global financial crisis squeezes the toes of the North, how do you look at us, how do you look to the south?

In the several meetings that I have had in the last two years, whether held in Europe or Latin America, I perceived two burning desires in the industrialized countries: exporting their unemployment and make good deals – rarely ever good for us, of course.

It is with sadness and sometimes dismay that I hear the old idea that the world belongs to the strongest, and to the smartest. An old idea that neoliberalism, the Washington Consensus, the stupidity of the “end of history”, and the death of ideologies turned into flag in these last sad decades.

A strong, cohesive and supportive Mercosur is our defense against the temptations of colonial North, now and then revived, especially in crisis situations. A strong, developed and fair Mercosur is an essencial contribution; vital for a world less unequal, less cruel, more humane and peaceful.

This is not a moral preaching. It is not my intention “to civilize”, or give lessons of ethics or good manners for the global financial capitalism, for the economic imperialism, for the especulators and the stock market players. But as unbalanced planet, with this abysmal, monstrous distance between North and South, is a planet without future.

I will present you some more numbers in order to strengthen my arguments about the temptation of domination never contained or restrained in industrialized countries. Those are data on the desnationalization of Brazilian economy.

According to the very well known KPMG Consulting, from 2004 to 2012, a 1.300 brazilian companies, among others, began to be controlled by foreign firms. Certainly, some of them are swedish. The Brazilian economy denationalization process is accelerating evey year.

Nowadays, the attack does not come only from the North. Be hold, China appears onstage. According to Credit Suisse Bank study, published on march 1st, in the last years, China was the country that invested most in Brazilian merges and acquisitions. It figures ahead of brazilian companies most traditional buyer, the United States.

At this moment, the chinese interest focuses on commodities, oil, natural gas, and iron ore.

The more Brazilian economy denationalizes, with acquisitions and merges, the more grows our financial bloodlettin, with increasing remittance of profits abroad, for matrices. On one hand, Brasil does not impose restrictions which reference is made profits. On the other hand, facilities for the stream are created with the excuse to attract investiment.

In the last eight years, profit remittances made by multinationals operating in Brazil totaled to appreciable amount of 404 billion dollars. Between 2004 and 2011, remittances were 152 per cente higher than the trade surplus that Brazil got in a month period.

Since the beginning of 2013, we had the opportunity to see the Telefônica Brasil make a delivery of hundread of millions of Euros to its headquarters in Spain to rescue ailing mother, while we continue to embitter, for sure, the worst and more expensive telefonic service in the world.

Just to be clear, I am not here satanazing, stigmatazing, cursing foreign investiments. Far from me xenophobia and isolacionism. However, these feelings are permicious to serve as limitless resource, bloodletting unleashed financials of peripheral countries.

The formation of a strong and united south american block will certainly give to our countries conditions to negociate those investiments in terms that favor our development and the well being of our people.

That is to say: only south america unity will give us strength to negociate with sovereignty to the industrialized coutries. Multilateral agreements that satisfy both sides.

What is the opposite of continental integration, of latin-american unit?

The opposite are the bilateral agreements, the pact between the wolf and the lamb, concluded under the point of view of the wolf.

To us, Brazilians, and also to our former colonial power, Portugal, the grandfather of all bilateral agreements, the starting point of our misfortunes, on both sides of the Atlantic, is the Methuen Treaty, signed between Lisbon and London, in the early years of the 18th century. At this point, we anchored the ship of backwardness and lost our pace in History.

The Methuen Treaty, also known as the Treaty of Fabric and Wine, is not that different from the treaties that the industrialized countries (and now also the Chinese) often offer to us. Under the agreement, Portugal undertook, for ever and ever, to supply wine to England, which would, in exchange, export textiles and manufactured goods to Portugal.

As one might expect, in a short time, the price difference between the industrialized goods and the wine brought a strong balance deficit to Portugal. Worse still, the modest, incipient Portuguese industry sank because of the import of manufactured products from England.

At this point, Brazilian gold comes into play. Portugal’s trade deficit is covered by the metal mined in the colony, which goes straight to the English Treasury and provides resources for British development and, consequently, for the Industrial Revolution.

The century opened by the Treaty of Methuen ends with the exhaustion of the Brazilian mines. For almost a hundred years, our gold covered the gap between the production and export of wine and the import of machinery and manufactured products. As a result, nearly a century after the treaty, Portugal is broken, industrially underdeveloped and with limited agricultural production.

On the other hand, Brazil is depleted, stripped of its wealth, with its industrial activities prohibited in order to protect the English products.

In contrast, when England tries to impose on the United States the same relationship of subordination, the U.S. reaction results in the country’s independence. Free of its colonial subjection, America opens its own way to development.

At this point, the First Secretary of the U.S. Treasury and General of the Independence battles, Alexander Hamilton, develops, proposes and urges the Congress to enact the “Report on Manufactures”, the cornerstone, the foundation stone of the United States development.

The East India Company, the powerful colonial transnational company of that time, which had among its employees Adam Smith, certainly the most important theorist of economic liberalism, also wanted to make the United States a mere producer of raw materials and a consumer of English industrialized products.

The Americans responded with the “Report on Manufactures”, creating a national bank, nationalizing the credit and directing it to the production, setting protective tariffs for their products, establishing agricultural subsidies and creating a program of technological development.

The result of all this is evident for anyone who wants to see. We still have to endure the dumbest, the most senseless and even racist theories comparing the Brazilian development with the U.S. development.

Marx and Engels, recently resurrected after another global financial crisis, also analyse the American option for economic development. In the first half of the 19th century, Engels said: “The Americans prefer to travel with express tickets, in order to arrive earlier at their destination”.

And what is this “express ticket” that, in fact, prompted the United States to their destination?

The “Report on Manufactures”, of Alexander Hamilton.

Marx, by his turn, in a passage from “The Capital”, stated: “The protectionist system is only a means to create a big industry in a country. So, we see that in those countries where the bourgeoisie begins to impose itself as a class (…) great efforts to implement protective tariffs. “

He adds: “The protectionist system was an artificial means of manufacturing manufacturers (….) capitalizing the means of production (…) and shortening the transit from the old to the modern mode of production.”

“Report on Manufactures” and “Methuen Treaty”, that’s the distance between the U.S. development and the Brazilian development.

Oh, yes! To finish off this lost century, the 18th century, Brazil inaugurated the 19th century proclaiming the “opening of the ports” … for British manufactured goods, of course

As I said earlier, the Methuen Treaty, for its pernicious, deleterious implications, is the grandfather of all bilateral treaties tying and braking the development of non-industrialized or little industrialized countries.

So who wins with a treaty that opposes producers of raw materials and commodities, and advanced, industrial economies and their greedy, never satisfied financial conglomerates?

With the global economic crisis, it is inevitable that the core countries seek to export part of the mess in which they are submerged to the periphery of the world, to the south of the planet

What does the North want?

In my travels around the world, these last two years, I understand that the North is interested in basically three things: that we open our doors widely to their manufactured products and provide them with commodities at low prices, that we import their unemployed workforce, and that we welcome with all generosity their investments, without restrictions on profit remittances, import of components and technological makeup.

Would not that be a variation of the Methuen Treaty?

Therefore, it is not for us. It did not serve us in the past, does not serve us in the present and further compromises our future.

What serves us is, primarily, the South American integration and, thus strengthened, the establishment, with industrialized countries, of fraternal relations and of transparent business, based on reciprocity and respect. Without cheating, without the wolf’s point of view, without the wolf’s reasons.

Finally, not a complaint, but an observation. From what I have read in newspapers and heard in backstage conversations, it sounds to me that the governments in Latin America are not very popular these days, here in Europe.

Leaving aside the ignominy practiced by “El País”, I see a high degree of incomprehension at what happens in our continent.

The ascent, to the command of our countries, of a metalworker, a Bishop who supports the theology of liberation, an Indian, two former guerrillas, an economist who does not dress like an economist and who does not think like the “Chicago boys”, an atypical military in a Latin America used to a strong alliance between the oligarchy and the quarters, maybe this new Latin America does not please the most refined tastes.

Perhaps Europe prefers sociologists, economists with Harvard PhDs, the offspring of the family tree dating back to colonial times. In sum, people of fine tract, our Latin American version of “white, Anglo-Saxon and Protestant”.

If the gods are merciful to our people, this is not going to happen. The Indians, the mulattoes, the priests who have not lost touch with their people, the women who defied dictatorships and prejudices, the workers who proved the correctness of Gramsci’s axiom will continue to impose themselves on Latin American scene.

To mock them, discredit them, fight them, people classify them “populist”, “national-populist,” “demagogues.” They say we are ignorant of economics, transgressors of immutable rules of macroeconomics.

God bless them all, for their ignorance is holy. God bless the Chavez, the Rafael Calderas, the Evo Morales, the Lulas, the Dilmas, the Kirchners, the Mujicas. God bless those who gave our people, after four centuries of hunger, poverty and malnutrition, the incredible privilege of making three meals a day. 

Three meals a day! What a fantastic achievement!

I frequently diverge from them and criticize them. Nonetheless, this is an internal matter, to be discussed among us, Latin Americans.

Here, today, I want to praise them, exalt them for making possible the access of tens of millions of women, men, elderly and children to the wonderful world of three meals per day.

Senator Roberto Requião

Representative of the State of Paraná-Brasil

Party of Brazilian Democratic Movement – PMDB

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